El perro del hortelano.

D. Antonio Pozuelos J. de Cisneros  

 

Siguiendo sus ruegos, me propongo escribir sobre esas relaciones inter específicas, perro - hombre, que a tantos lectores preocupan. Digo que me propongo porque estoy seguro que no conseguiré transmitirles ni la mitad de los conceptos que se me ocurren después de haber compartido territorio con esta noble especie casi desde que nací.

Ya he publicado tres artículos sobre el tema que me vuelven a proponer y, aun así, mis queridos lectores se empeñan en que hable de otra vez de esta relación. Lo curioso es que las preguntas que me llegan llevan implícitas la respuesta, o lo que es lo mismo, los lectores que me las formulan saben donde está el pecado responsable de su penitencia. Ayer mismo, uno de ustedes me describía un cuadro patético de relación con su perro pero me decía que todo esto se había originado porque lo trataba como a un hijo. Veamos el caso.

Quiero a Truco como a mi hijo

Partimos de la base de que usted puede querer a su perro como desee.. ¡No faltaba más!. Puede verlo como perro o como humano escondido en la piel de un cánido, puede llegar a pensar que es un maestro del ajedrez o un licenciado en Ciencias, un erudito o un animal cuyo índice de encefalización está muy por debajo del suyo. Existe además, en esta convivencia, un factor que solo usted maneja; su propia necesidad de ver lo que quiera.

Entiendo que hay personas a las que su perro proporciona una compañía y seguridad que ni siquiera los humanos que la rodean son capaces de propiciar. Yo ya he hablado de las cualidades terapéuticas que Truco aporta a personas deprimidas, solitarias abandonadas o simplemente tristes.

La libertad del lector debe ser ejercida, con todas las consecuencias, al tratar como le dé la gana a su perro pero el problema aparece cuando su perro no está conforme con esa forma de ser tratado.

En los primeros capítulos de la serie ontológica que escribí para ustedes, les hice mucho hincapié en que procuraran jerarquizar a Truco antes de que fuese él quien lo hiciese con ustedes. Su perro no entiende que siendo su líder se deje pisotear por sus caprichos. Tampoco entiende que si usted le otorga recurso, se porte como un Beta cuando el recurso siempre viene de la mano de un Alfa y, por supuesto, tampoco entiende que sea su hijo cuando su verdadero padre es otro perro tan canalla como él.

Usted puede razonar, con su mente superior, que esto que hace con el perro es el producto del ejercicio de su libertad y de sus propias necesidades pero el buen Truco se ve tan desorientado en esas extrañas y viciadas relaciones que tiende a utilizar la única salida posible; convertirse en el perro del hortelano que no come pero tampoco deja comer. Su relación llegada a este punto, es caótica. El perro decide cuando come y cuando se pelea con el del vecino, cuando lame a su dueño o cuando le muerde al niño de la casa, cuando escarba en el jardín o defeca en la alfombra del salón.

Realmente esta es la situación que ustedes me describen para decirme, a continuación, que todo se ha producido como consecuencia de que tratan a Truco "como a un hijo". Al final hay dos problemas; ustedes tienen en casa a un hijo delincuente y el delincuente no sabe ni quién es ni donde está su sitio. Resumiendo; en esta situación hay dos infelices, su perro y usted.

El pastor no sabe de Etología

Durante un tiempo, estuve frecuentando la compañía de todos los pastores de ovejas y cabras que pasaban cerca del bosque que linda con mi casa. Yo les ofrecía un buen trago de vino, un cigarro y un ratito de compañía a cambio de que me contasen como habían llegado a poseer una "máquina de trabajo" tan sofisticada como su perro.

Me sentía admirado viendo el trabajo que desarrollaban estos extraordinarios especimenes, me impresionaba su lealtad hacia el dueño, su dedicación, respeto, sumisión y cariño. Los pastores también me hablaron del "amor paternal" que sentían por sus perros pero me enseñaban a continuación como les aventaban una pedrada si la oveja lucera no volvía con el resto del rebaño en menos de un minuto. Vi como los acariciaban y compartían con ellos su escasa comida y a la vez, como les exigían un pulcro trabajo bajo pena de estacazo.

Quizás esto que les cuento pueda herir la sensibilidad del que trata a su perro como a un hijo pero a mí me hizo reflexionar mucho sobre lo que había estudiado "sobre el papel".

Al final de este ciclo de "bucólicos seminarios" la pregunté a Luis, el pastor con el que había compartido más vino y cigarros, si él sabía lo que era la Etología canina. Cuando le di algunas pistas me ofreció una definición de esta ciencia que aún recuerdo: "Debe ser algo así como conseguir que mi perro trabaje conmigo, este contento de hacerlo y yo satisfecho de que coma algo de lo que a mí casi me falta." ¡Vive Dios que el señor Luis es un excelente etólogo y sus perros los más felices que he visto!

Realmente no es necesario aplicar la Etología de Luis a una relación que no se base en la convivencia laboral pero, haciendo uso del sabio diccionario castellano, les doy un par de consejos; "a buen entendedor, pocas palabras bastan" y "en el término medio, está la virtud".

 

 

 

 

D. Antonio Pozuelos J. de Cisneros